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El lamento de la separación

Publicado por Hamza Castro en 8 May 2011 | 1 Comentarios

Humildes comienzos suelen tener los grandes fines, reza un adagio popular. Este viejo dicho resulta más que evidente en el caso del ney, la flauta sufí de caña. En efecto, el ney constituye uno de los instrumentos más humildes (si no el que más) de cuantos se utilizan en las músicas interpretadas en los países islámicos, de Marruecos a Pakistán, de Turquía a Irán. Y es humilde por varias razones. En primer lugar, por la materia prima de la cual está hecho: un simple trozo de caña. Humildes son también sus orígenes, ligados, muy posiblemente, a la vida de anónimos pastores que mataban el lento transcurrir del tiempo soplando melodías en una caña, eso sí, sabiamente agujereada. Y, por último, es humilde incluso hasta su propio timbre, volátil e intimista, capaz de hacer vibrar las fibras más íntimas de nuestro ser.

El ney ha sido —y aún hoy lo continua siendo— el instrumento musical islámico con mayor raigambre mística. Poetas de la talla de los persas Hakim Sanaí, Mahmud Shabistari o Hāfez Shirāzí lo han evocado en sus versos. Pero, sin duda, ha sido el también persa Hazrat Ŷalaluddín Rumi (1207-1273), el inspirador de la tariqa maulauyya, la escuela sufí de los llamados derviches giróvagos, quien mejor ha sabido transmitirnos todo el universo simbólico que el ney atesora. En su monumental Masnawi, magna obra de 24.660 versos, considerada por el también sufí Ŷāmi como una suerte de comentario del Qorán en lengua persa, el maestro de Balj (en el actual Afganistán) evoca, a través de la recreación del ney, la historia toda del devenir del hombre, ese ser expatriado de su origen primigenio, consumido por la nostalgia de un estado interior perdido y, en el peor de los casos, olvidado.

Escucha el ney, escucha su historia
que se lamenta tristemente de la separación:
“Desde que me cortaron del cañaveral,
mi lamento ha hecho llorar a hombres y mujeres.
Yo quiero un pecho desgarrado por la separación,
para poder hablarle del dolor del anhelo.
Todo el que se ha alejado de su origen,
añora el instante de la unión.
En cualquier asemblea entoné yo mi canto melancólico
y me hice compañero de los felices y los tristes.
Todos me entendieron según su propio pensamiento,
pero nadie trató de hurgar en mi corazón el más hondo secreto.
Ese secreto no está lejano de mis lamentos,
pero no tiene esa luz ni los oídos ni la vista para captarlo.
No está velado el cuerpo por el alma,
ni el alma por el cuerpo,
pero nadie es capaz de contemplar el alma”.
Ese canto del ney es fuego, no aire.
¡Quien no tiene ese fuego, merecería estar muerto!
Ese fuego es el fuego del amor que arde en el ney,
el hervor del amor que posee el vino.
El ney es el confidente de todo aquél que está separado de su amigo,
sus cantos desgarran nuestros velos.
¿Quién ha visto jamás un veneno y un antídoto como el ney?
¿Quién ha contemplado jamás un consuelo y un enamorado como él?

(Masnawi)

 

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1 Comments on “El lamento de la separación”

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